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lunes, 3 de noviembre de 2014

Sobre sefardíes.




"Es la llave de nuestra casa de Toledo. Es lo único que pudimos llevarnos esa horrible noche".  

Adío, adío Kerida, no kero la vida, me la amargates tu. Va, bushkate otro amor, aharva otras puertas, aspera otro ardor, ke para mi sos muerta...
Las frases pertenecen a la canción tradicional Adio Kerida que interpreta la cantante Montserrat Franco. Están escritas en ladino, un idioma derivado del castellano medieval que aún hablan en las comunidades sefardíes de todo el mundo los descendientes de los judíos que vivieron en la península ibérica hasta su expulsión en 1492. Ese año, los reyes católicos ordenaron la marcha de todos los que no se convirtiesen a la fe cristiana.


El Consejo de Ministros, en junio 2.014,  ha dado luz verde definitiva al proyecto de ley que facilita la obtención de la nacionalidad española a los sefardíes, descendientes de los judíos expulsados de España en 1492. La ley —anunciada en 2012, aprobada en primera vuelta hace cuatro meses y que debe pasar aún por Congreso y Senado— permitirá a los judíos de origen sefardí, vivan donde vivan, adquirir casi directamente la nacionalidad española, y mantener al tiempo la suya de nacimiento. Es difícil saber cuántos beneficiarios potenciales hay, porque no existe un registro de sefardíes en el mundo. Fuentes del Gobierno calculan, en una estimación inicial, que atenderán unas 90.000 solicitudes en los cuatro años que durará este plan especial de nacionalidad para sefardíes.

Un poco de historia.

El término sefardí se aplica a los descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica a finales de la Edad Media, que en su diáspora formaron comunidades en diversos países de Europa, el Mediterráneo Oriental y el Norte de África.
Puede considerarse que la diáspora sefardí empieza ya a finales del siglo XIV, cuando la oleada de asaltos a juderías y matanzas de 1391 –y las subsiguientes conversiones forzadas— impulsaron al exilio a un cierto número de judíos, que se refugiaron mayoritariamente en las comunidades judías que ya existían en el Norte de África.
La expulsión de los judíos de Castilla y Aragón por los Reyes Católicos en 1492 arrojó fuera de estos reinos  a un contingente de cerca de cien mil judíos, que fueron a asentarse en algunos lugares de Europa (Italia, el sur de Francia o Portugal), en el reino de Marruecos, o en las tierras del Mediterráneo Oriental que pertenecían al entonces pujante y extenso imperio otomano. En 1497 se expulsa a los judíos del reino de Navarra.
A raíz del matrimonio del rey don Manuel I de Portugal con la infanta Isabel de Castilla, hija de los Reyes Católicos, en 1497 se decretó la expulsión de los judíos de Portugal, que al final no se ejecutó como tal expulsión, sino que se concretó en una masiva conversión forzada en 1498. Muchos de los convertidos (cristãos novos o cristianos nuevos) matuvieron a escondidas la práctica de la religión de sus mayores, cosa que fue posible en gran medida porque en Portugual no actuó la Inquisición hasta 1540.
Estos conversos criptojudíos (con frecuencia llamados despectivamente marranos) fueron, a su vez, el germen de comunidades sefarditas en los Países Bajos, en Inglaterra, en Hamburgo, en ciudades italianas como Ferrara o Ancona, o en las colonias portuguesas y holandesas de América; a lo largo de los siglos XVI y XVII, algunos conversos abrazaron abiertamente el judaísmo y se integraron en las comunidades sefarditas de Marruecos o del Oriente Mediterráneo.
Con frecuencia el proceso de emigración y formación de las comunidades de la diáspora sefardí fue complejo y duró años o incluso generaciones, y no sólo por las condiciones en que se hacían los viajes en aquella época, sino porque era frecuente que un individuo o una familia itinerase de un país a otro hasta asentarse definitivamente.

Seguidamente, reproduzco del digital Republica.com  un interesante artículo del General Juan Chicharro sobre este asunto:


No es sencillo analizar con acierto lo que sucede en Oriente Medio. A lo largo de diversos artículos es algo que con cierta osadía he intentado en más de una ocasión. Mis relatos tenían un fundamento de garantía pues se basaban en datos proporcionados por un buen amigo israelí, militar, al que tuve ocasión de conocer con motivo de una reunión de Comandantes Generales de Infantería de Marina de diferentes países que tuvo lugar en Washington en el año 2008.Yo era el único español en esa conferencia por lo que mi extrañeza fue grande cuando me comunicaron que había otro en la misma, algo imposible de todo punto. Le pregunté a mi interlocutor quién era ese otro General al que se había referido como español con intención de deshacer el equívoco. Amablemente me señaló a un General que resultó ser un Oficial israelí. Me acerqué a él y le pregunté al efecto sobre la cuestión.Su respuesta fue sorprendente: claro que era israelí pero de ascendencia sefardí y por lo tanto español como yo mismo. De ahí nació una amistad que ha perdurado hasta nuestros días si bien en estos momentos con el contacto perdido.Apenas meses después tuve ocasión de trasladar personalmente esta anécdota a Mauricio Hachuel a la sazón en esos momentos presidente de la Comunidad Sefardí en España. Mauricio me trasladó aspectos interesantísimos del devenir de su familia. En primer lugar sobre su apellido que en el Reino Unido es conocido como Hatchwell así como de su estancia en Marruecos. Hachuel, me explicó, no es otra cosa que el nombre de un pueblo de Jaén o Córdoba de donde era originaria su familia en España antes de la expulsión de los judíos. Me ratificó su españolidad con la salvedad evidente de haber pasado por una ausencia de 500 años fuera de España. Esta aseveración me impactó y me hizo recordar a mi amigo israelí, hoy desaparecido, antes citado, que se había expresado de forma parecida, también. No fue menor mi sorpresa cuando Mauricio, sabedor de lo que me decía, me comentó, a propósito de la expulsión decretada por Isabel la Católica en 1492, que no es del todo cierto el desastre que sufrió Castilla como efecto de la salida de los judíos de España. Su argumento era que en esa fecha Castilla y Aragón tenían una población aproximada de 10 millones de los que unos 1 millón eran judíos y se calcula que fueron unos 100.000 de éstos los que realmente partieron; o sea, que se quedaron en España, convertidos, unos 900.000. Es decir la mayor parte de ellos.Esto quiere decir que hoy, de los 45 millones de españoles que somos no menos de 5 millones proceden de aquellos judíos de entonces. Una cifra significante. Son muchos los apellidos que aún hoy nos lo manifiestan de forma indubitada.Las dos anécdotas expuestas, la de mi amigo militar y la de mi conocido Mauricio, son las que me han llevado a escribir estas líneas como consecuencia de la Ley que entró en vigor el año pasado y que permite a los judíos sefardíes obtener la nacionalidad española. Una Ley reiterativa por más señas pues ya existía una de la época de Primo de Rivera que ahondaba en lo mismo y que no estaba derogada.En un artículo publicado no hace mucho en El Correo Gallego el columnista Torcuato Labella describe muy bien la situación presente demostrando como España ejerció una defensa activa durante la II Guerra Mundial en auxilio de los perseguidos implacablemente por el régimen nazi. Sus ejecutores fueron diplomáticos conocidos pero, le pese a quien le pese, con el amparo y aquiescencia del General Franco.Por otro lado soy testigo directo de las declaraciones explícitas del apoyo y protección que nuestros soldados de la División Azul prestaron a los judíos a su paso por Polonia y los países bálticos.Recojo como prueba de cuanto digo lo manifestado por el que fuera Embajador en España de Israel Salomón Ben Ami y por el que fuera asimismo premio Nobel de La Paz Elie Wiezel al respecto:“El único país de Europa que de verdad echó una mano a los judíos fue España que salvó más judíos que todas las democracias juntas”. “España fue el único país de Europa que no devolvió nunca a los refugiados judíos”.Destaca muy acertadamente también Labella, su incomprensión al hecho de cómo ha trascendido en la historia la expulsión de los judíos de España mientras que apenas se destaca la misma acción en Francia o Inglaterra en 1182 y en 1290. Tal vez sea necesario recordar que en el siglo XVI, por ejemplo, todos los soberanos europeos exigían a sus súbditos practicar su religión y que en Inglaterra, sin ir más lejos, no se reconoció derecho alguno a los católicos hasta el siglo XIX.La explicación a este hecho hay que buscarla en la persistente leyenda negra que desde hace siglos mancha nuestra historia y que pervive incluso sobre hechos presentes. Incluso nuestra propia política actual se ve afectada en muchos aspectos por complejos autóctonos afectados por dicha maldita leyenda. Claro que no se puede pedir peras al olmo. La cultura no es el fuerte de nuestra clase dirigente.No sé por dónde andará mi amigo israelí, el militar, ya que Mauricio murió, pero ya me gustaría conseguir su presencia entre nosotros para que diera luz a tanta mentira y tergiversación que escuchamos tan a menudo.
F.J.de C.
Madrid, 2 de noviembre de 2.014